Cada vez es más necesario articular, de modo sistémico y complejo, la visión acerca de los seres humanos; de esta manera podemos comprender lo biopsicosocial, dándole valor a la recíproca influencia de los factores cognitivos, emocionales y conductuales que impactan en lo orgánico.
El surgimiento de la enfermedad se atribuye a las distintas esferas en cuestión: causas orgánicas, estados emocionales, comportamientos particulares y un ambiente cambiante.
La interconexión entre pensamientos, emociones y conductas, que conforman la mente, más la percepción por la cual conocemos, experimentamos y reaccionamos ante los estímulos provenientes del mundo interno y externo y que nos llevan a construir mapas personales de lo que vivimos, generan un trabajo neuroquímico que, de modo circular, vuelve a influir en la mente y el cuerpo.
Cuando las personas se estresan, presiones psicológicas y sociales rompen con su equilibrio homeostático, activando el trabajo orgánico con gran resonancia emocional. Es así que, acontecimientos estresantes y de gran importancia vital, logran afectar la inmunidad del organismo poniéndolo en estado vulnerable de padecer enfermedades tales como tiroides, sida, cáncer, diabetes, alergias, artritis y otras.
Los estilos psicológicos depresivos, variables en el estado emocional, con sentimientos de impotencia y poco control al estres son propensos a desarrollar enfermedades orgánicas. Personas de estilo explicativo para todo, especialmente las pesimistas, parecen ser de riesgo para los trastornos inmunológicos. Al parecer un espíritu positivo (sin ánimo religioso) y resiliente ayuda al manejo del estrés y de los acontecimientos en general.
Trabajando de manera interdisciplinaria, médicos, psicólogos y grupos terapéuticos, y de modo integral, la medicación, la actividad física, la actividad social y los aspectos psicológicos se puede construir una mejor calidad de vida.

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