El miedo es una emoción que surge en diferentes momentos evolutivos, va variando según la edad y es más frecuente en niñas que en varones. Es un fenómeno común en la infancia que sirve como sistema de alarma y le permite a los chicos evitar situaciones de peligro, de hecho, los distintos miedos remiten y surgen de nuevo para que puedan adaptarse a las exigencias y cambios del ambiente.
A medida que el niño crece el miedo va desapareciendo porque, a nivel cognitivo, comienza a entender mejor el medio, obviamente, influye el contexto en ese desarrollo.
Los miedos más comunes son a la muerte, la autoridad, la soledad/fantasía, los animales, lo desconocido, la evaluación del rendimiento, separarse de los padres, el contacto/daño físico, los fenómenos naturales y los médicos, agujas o inyecciones.
En el primer año de vida tiene frecuencia el miedo en relación a estímulos intensos, ruidos fuertes y personas desconocidas. Luego, y hasta los seis años aproximadamente, lo que tenga que ver con seres fantásticos (brujas, fantasmas), animales, separación de los padres, tormentas, oscuridad y catástrofes. Desde los seis años aparece el miedo al ridículo, al daño físico, también a enfermedades y accidentes y al bajo rendimiento en la escuela (los miedos se intensifican entre los 9 y los 10 años). A partir de los 12, tiene preponderancia el miedo a las relaciones interpersonales. En definitiva, a medida que se reducen los miedos físicos se acentúan los sociales.
Cuando se convierten en temores desproporcionados pueden resultar en fobias y otros problemas de ansiedad en la vida adulta. De esta forma, generan efectos negativos en el aprendizaje, en la dinámica familiar y en la adaptación.
