El modelo de Bowlby, que nombrábamos previamente, trabaja con cuatro sistemas de conducta relacionados entre sí.
El sistema de apego implica conductas (llanto o sonrisa) al servicio de mantener la proximidad y evitar la separación o las amenazas de peligro del ambiente, a través de una figura fuerte que funciona como una base segura desde la cual se puede pasar al otro sistema que es la exploración del mundo. Si el temor a la distancia es alto, entonces disminuye la exploración y se suma también, el sistema de miedo a los extraños que supone la disminución de conductas exploratorias y el aumento de las conductas de apego. Por último, asociado al apego y en contradicción al miedo a los extraños, el sistema afiliativo, se refiere al interés por interactuar con otras personas a pesar de no tener un vínculo afectivo.
La relación de apego se puede pensar como un modelo representacional, es decir, es un modelo interno activo que brinda al sujeto una representación mental de sí mismo y de las relaciones con otros y que se construye a partir de la relación con figuras de apego. Este modelo sirve para percibir el mundo, para interpretar acciones e intenciones que tienen las personas y para dirigir la conducta. Permite reconocer si se es valorado o no, permite saber en quien se puede confiar y en quien puede apoyarse. Estas cualidades en definitiva, construyen la identidad y la autoestima.
Bowlby, destaca tipos de apego: el seguro que surge gracias a un cuidador sensible y atento a las necesidades del niño, que permite acceso; el inseguro evitativo cuya figura es insensible e impide el acceso y, por último, el inseguro ambivalente que atiende y permite el acceso en forma impredecible, o en ocasiones.
En la violencia conyugal, cuando un miembro de la pareja elige la posición de ser el objeto del maltrato y funcionar como la víctima abusada, el estilo de apego actuante es el apego inseguro, ambivalente y preocupado que potencia el impacto emocional que produce la separación y genera temor a la pérdida, impidiendo que puedan evaluar la relación y haciendo que continúen sosteniéndose en ella. Estas personas tienen baja autoestima, miedo al rechazo, temen el abandono, se preocupan porque la pareja no los quiera, se sienten aislados del entorno, sin espacios propios o de apoyo y poseen una visión ambivalente de la pareja donde atribuyen la posibilidad de cambio exclusivamente a factores externos, como por ejemplo, problemas laborales o el alcohol.
Fácilmente, se hace visible un circuito en el que el maltrato, genera aislamiento, lo cual, paralelamente, acentúa el malestar. Ese malestar activa el sistema de apego que aumenta la necesidad de proximidad y estimula el ingreso de la violencia y el maltrato.
Así pues, la permanencia del receptor de la violencia en la relación se da identificándose con el agresor y justificando el maltrato ya que el abusador, “es víctima de circunstancias externas” y el abusado “es culpable de la provocación”. Así, puede observarse que el cambio es solo en el maltrato y no en la relación en sí. También, se sostiene el vínculo, deformando la interpretación de las emociones debido a la angustia y creando una alianza con el agresor para, paradójicamente, enfrentar la agresión, lo cual perpetúa la relación de maltrato.
En síntesis, la violencia y el amor, funcionan como una Banda de Moebius, plana y que aparenta tener dos bordes, sin embargo, es una superficie con una sola cara. La violencia es una forma de amar. Sus protagonistas no pueden ver que niegan lo que niegan, no pueden reconocerse en un lazo del que se puede salir con mucho trabajo. El proceso terapéutico debe estar orientado al aumento de la autoestima, a reducir el aislamiento social y al trabajo en redes para formar vínculos que se basen en la igualdad y que no sean posesivos.
Los bordes de la violencia y el amor? III
El modelo de Bowlby, que nombrábamos previamente, trabaja con cuatro sistemas de conducta relacionados entre sí.
El sistema de apego implica conductas (llanto o sonrisa) al servicio de mantener la proximidad y evitar la separación o las amenazas de peligro del ambiente, a través de una figura fuerte que funciona como una base segura desde la cual se puede pasar al otro sistema que es la exploración del mundo. Si el temor a la distancia es alto, entonces disminuye la exploración y se suma también, el sistema de miedo a los extraños que supone la disminución de conductas exploratorias y el aumento de las conductas de apego. Por último, asociado al apego y en contradicción al miedo a los extraños, el sistema afiliativo, se refiere al interés por interactuar con otras personas a pesar de no tener un vínculo afectivo.
La relación de apego se puede pensar como un modelo representacional, es decir, es un modelo interno activo que brinda al sujeto una representación mental de sí mismo y de las relaciones con otros y que se construye a partir de la relación con figuras de apego. Este modelo sirve para percibir el mundo, para interpretar acciones e intenciones que tienen las personas y para dirigir la conducta. Permite reconocer si se es valorado o no, permite saber en quien se puede confiar y en quien puede apoyarse. Estas cualidades en definitiva, construyen la identidad y la autoestima.
Bowlby, destaca tipos de apego: el seguro que surge gracias a un cuidador sensible y atento a las necesidades del niño, que permite acceso; el inseguro evitativo cuya figura es insensible e impide el acceso y, por último, el inseguro ambivalente que atiende y permite el acceso en forma impredecible, o en ocasiones.
En la violencia conyugal, cuando un miembro de la pareja elige la posición de ser el objeto del maltrato y funcionar como la víctima abusada, el estilo de apego actuante es el apego inseguro, ambivalente y preocupado que potencia el impacto emocional que produce la separación y genera temor a la pérdida, impidiendo que puedan evaluar la relación y haciendo que continúen sosteniéndose en ella. Estas personas tienen baja autoestima, miedo al rechazo, temen el abandono, se preocupan porque la pareja no los quiera, se sienten aislados del entorno, sin espacios propios o de apoyo y poseen una visión ambivalente de la pareja donde atribuyen la posibilidad de cambio exclusivamente a factores externos, como por ejemplo, problemas laborales o el alcohol.
Fácilmente, se hace visible un circuito en el que el maltrato, genera aislamiento, lo cual, paralelamente, acentúa el malestar. Ese malestar activa el sistema de apego que aumenta la necesidad de proximidad y estimula el ingreso de la violencia y el maltrato.
Así pues, la permanencia del receptor de la violencia en la relación se da identificándose con el agresor y justificando el maltrato ya que el abusador, “es víctima de circunstancias externas” y el abusado “es culpable de la provocación”. Así, puede observarse que el cambio es solo en el maltrato y no en la relación en sí. También, se sostiene el vínculo, deformando la interpretación de las emociones debido a la angustia y creando una alianza con el agresor para, paradójicamente, enfrentar la agresión, lo cual perpetúa la relación de maltrato.
En síntesis, la violencia y el amor, funcionan como una Banda de Moebius, plana y que aparenta tener dos bordes, sin embargo, es una superficie con una sola cara. La violencia es una forma de amar. Sus protagonistas no pueden ver que niegan lo que niegan, no pueden reconocerse en un lazo del que se puede salir con mucho trabajo. El proceso terapéutico debe estar orientado al aumento de la autoestima, a reducir el aislamiento social y al trabajo en redes para formar vínculos que se basen en la igualdad y que no sean posesivos.

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