
Siempre que tengamos algunas opciones para elegir, el decidir puede requerir de cierto tiempo y la elección que tomemos nos traerá consecuencias en nuestro estar en el mundo; en ocasiones, ese tiempo es demasiado largo y la postergación restringe nuestra capacidad de acción.
Cuando tomamos decisiones preferimos una alternativa y debemos descartar otra u otras; si caemos en estado de duda y posponemos la selección, demostramos una conducta infantil y neurótica que intenta abarcar todo y fantaseamos con no tener que eliminar ninguna opción.
Si la decisión a tomar tiene que ver con cuestiones menores y no trascendentes como elegir un color de ropa, un medio de trasporte, un lugar para viajar o para salir, la duda no generará grandes inconvenientes. Sin embargo, decisiones con respecto a la profesión, a la pareja o a la carrera pueden crear serias dificultades tanto para nosotros mismos como para personas cercanas con quienes tenemos un compromiso afectivo.
Pensar en nuestra historia y nuestros vínculos primarios puede ayudar a determinar a que se debe que nos resulte difícil decidir, pero debemos hacer hincapié en el circuito actual que nos debilita la capacidad de decisión y que refuerza la indecisión; todo esto servirá para encontrar la solución, la disolución del problema y las consecuencias que trae sobre nuestra libertad de acción.
Muchas veces, todo esto se relaciona con la sobreexigencia, con el perfeccionismo, la insatisfacción, la sensación de pérdida y la autoestima. Exigirnos hacer todo bien y en forma precisa genera ansiedad y posterga decisiones hasta encontrar la perfecta opción. Elegir una alternativa y cavilar que habría otra mejor luego de ser tomada, nos lleva al estado de insatisfacción y al sentimiento de que perdimos en vez de ganar algo con la opción seleccionada.
En definitiva, parecemos presos de un circulo vicioso y denota búsqueda de aprobación y reconocimiento por la perfección (de quién? de los padres? del otro?), reflejando así baja autoestima.
Decidamos por favor!!

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