
El mundo en el que hoy vivimos y las organizaciones en particular, están constantemente enfrentándose a cambios. En ocasiones, esos cambios se van dando en forma paulatina, sin embargo, en otros, se producen de manera brusca e imprevista. Es evidente que la convivencia con el cambio es imposible de evitar; sin embargo, lejos de considerarla una dificultad, se la puede tomar como incentivo para dar cara a los desafíos y mostrar empuje.
Dentro de las competencias de los recursos humanos, hay una básica y necesaria en diferentes funciones a desempeñar por los individuos dentro de la organización, ella es la adaptabilidad al cambio.
Todos los cambios contextuales y las distintas variables que propone el entorno influyen en la persona; cuando se trabaja surgen nuevas responsabilidades, objetivos diferentes, mudanzas, jefes y compañeros que no se conocen.
Estos cambios siempre generan cierto nivel de stress y ansiedad que se irán diluyendo a medida que la gente se familiariza con la actividad o con el intercambio de los nuevos vínculos; esto se debe a que se va perdiendo el miedo a lo desconocido.
En el polo negativo, la ansiedad puede ser tan grande que el individuo no puede acomodarse a una situación diferente y termina quedando relegado a una actividad monótona, rutinaria y poco motivadora. En el polo positivo, el cambio es visto como una oportunidad de crecimiento y desarrollo, que incentiva y amplía nuevas perspectivas y visiones, tanto de lo personal como de lo empresarial.
Prepararse para el cambio, haciendo un reconocimiento del terreno e implementar acciones con flexibilidad -otra competencia que va de la mano con la adaptabilidad- generan un mejor rendimiento y nivel de producción.
Es importante reconocer los beneficios del cambio, sacarlo del rótulo de "problema" y convertirlo en "oportunidad de desarrollo"; en definitiva, gestionar el cambio puede ser un desafío motivador que impulsa posibilidades de crecimiento; tanto individuales como de equipo.

Escribir un comentario