La mente y la escritura

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La escritura es una forma de comunicación viva, cambiante y muy anterior al surgimiento de la psicología como ciencia. Se ha movido desde las piedras y las tablillas de barro a las pantallas, pasando por los pergaminos y los papeles de lino. Los primeros medios de expresión, los pictogramas, brindaron la posibilidad de “decir lo mismo” cada vez que alguien los seguía con la vista; estos sistemas de signos surgidos en la Mesopotamia, Egipto, China y América Precolombina estaban unidos respetando reglas de combinación que permitían la aparición de proposiciones conformadas por sujeto y predicado.


De todos modos, para ser sintéticos, la escritura posee su época de gloria: la reproducida mediante la imprenta de Gutemberg. Autores como McLuhan, nos muestran que en la Edad Media, la lectura se realizaba en formal oral y grupal, mientras que en el Renacimiento, con el libro impreso, comienza la lectura silenciosa e individual. Es así, que al suplantar la escucha por la lectura, se cambia una imagen acústica por una imagen visual y el proceso de autoconciencia comienza a desarrollarse; esto constituye un primer movimiento en el que la cognición redescubre el mundo y la posibilidad de abordarlo.

Llegando a mediados del siglo XIX la ciencia inventa la posibilidad de objetivar la mente, ya no como producto de un cerebro o un espíritu, sino como un complejo de matrices de reconocimiento y estructuración de conductas que tienen lógica propia: es el nacimiento de la psicología.

Así las cosas, comenzamos a vislumbrar una diferencia fundamental: sujeto y objeto, como categorías cognitivas que organizan nuestro conocimiento del mundo. Esta distinción, surge en la Modernidad, momento en el cual, se va ligando la idea de subjetividad a la de conciencia, apuntando al concepto de mente.

Según los escritos de Olson, la idea de mente nace en Grecia, con los poemas de Homero y la filosofía de Sócrates, Platón y Aristóteles.

La construcción de la noción de sujeto marca un vínculo entre la mente o conciencia, facilitada por la escritura, y la manera de acceder al conocimiento del mundo. Una persona conoce porque puede distinguir el objeto de lo que se dice sobre él –diferencia entre cosa y representación- y así, puede desplegar los mecanismos de la cognición: identificar, comparar, analizar o inferir, todos ellos evidentes desde el surgimiento de la escritura. Podemos afirmar que hay una profunda y sólida relación entre sujeto, pensamiento, escritura, conocimiento y acción: la mente para occidente.
Podemos tener en cuenta algunos de los principios que Olson, especialista en tecnología y cultura, enumera en su análisis de la escritura. Él considera que los sistemas gráficos occidentales no solo conservan, amplían, clasifican o combinan la información, sino que también proporcionan un modelo que nos permite, literalmente, ver el mismo hablar, es decir, con el que nos contamos y le contamos a otros el mundo que habitamos y compartimos mentalmente.
En primer lugar, gracias a la escritura se hicieron conscientes actos de la lengua oral, que se convirtieron en objetos de reflexión, con lo cual, la escritura, proporcionó las categorías necesarias para pensar el lenguaje.
En segundo lugar, la escritura no puede volver conscientes “todos” los aspectos de lo dicho, lo que se pierde en lo escrito es lo más difícil de recuperar en la lectura: cómo se dijo o cómo interpretar una expresión determinada, si es estricta o precisa, literal o metafórica, orden o sugerencia, etc.
En tercer lugar, es muy complicado hacer consciente lo que la escritura no representa; si bien los signos de puntuación pueden ayudarnos no hay una indicación de cómo leer lo escrito. El alfabeto representa lo dicho pero no la actitud del sujeto parlante o lo que deseó significar; es aquí donde establece una diferencia entre el acto ilocucionario –decir algo- y la fuerza ilocucionaria –pretender algo al decirlo-.
En cuarto lugar, la escritura no existe simplemente para ponerse al servicio del habla, sino que es una potencia expresiva que suministra la conciencia de la estructura del habla; de este modo, ambas se complementan.
Por último, cuando se reconoce la fuerza ilocucionaria de un texto, como la expresión de una intencionalidad singular y privada, el modo en que debe tomarse proporciona los conceptos necesarios para la representación de la mente.
Al escribir, los psicólogos, profesionales del sentido, podemos contar con debilidades y fortalezas, cosas que hacemos bien y cosas que no hacemos bien. Si bien estamos formados por la escritura en el campo universitario, paradójicamente, podemos sostener que uno de nuestros puntos fuertes es el dominio del habla, que desarrollamos en el campo práctico del consultorio, justamente porque constituye nuestra herramienta de trabajo por excelencia; desde ya no podemos desmerecer la importancia de nuestras actitudes, posiciones corporales y experiencia personal, que tienen un rol importante dentro del vínculo terapeútico.
La ciencia es definida por ser escritural y la misma suerte corre la psicología; sin embargo, contamos con la ventaja de tener un pie en lo escritural y otro en la oralidad y poseemos, como una de las herramientas de trabajo, una teoría de la mente. Pero ¿cómo llegamos a ella? La alcanzamos en la medida en que nos subjetivamos, en el momento en que podemos pensarnos a nosotros mismos y tomarnos como objeto de estudio. Todo esto se debe al impacto que produce el alfabeto en nuestra cultura, ya que se vuelve matriz del pensamiento; es decir, la escritura se convierte en un modelo para el habla.

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Esta página contiene una sola entrada realizada por Jacqueline Altamirano y publicada el Agosto 14, 2006 1:44 PM.

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